Líderes en su comunidad
Karla Wheelock
Sandra Estrada

El 27 de mayo de 1999, Karla Wheelock llegó a la cumbre del Monte Everest, siendo la primera mujer latinoamericana en lograrlo.

Karla lleva diez años escalando montañas nevadas, y toda la vida subiendo cerros. Recuerda el malestar físico y el cansancio de su primera cumbre en 1991, el Popocatepetl, acompañado de una permanente sonrisa en su rostro. Comienza desde entonces la necesidad de llegar más alto, más lejos.

El montañismo nace en Karla Wheelock como actividad de fin de semana, hasta convertirse en una afición que le permitía ampliar sus horizontes y ejercitarse en la consecución de objetivos precisos y tangibles. No era solamente un hobby, sino la combinación de los tres ejes fundamentales en los cuales se había movido siempre su existencia: el deporte, la naturaleza y la realización de metas, en una sinergia de valores genuinos. Su historia es una historia de lucha continua por lograr sus cumbres personales.

La montaña ha llevado a Karla a apreciar cada vez más lo que se da por hecho, ya que ésta expone al ser humano y lo desnuda de todo, lo reduce a lo básico y estrictamente esencial: sus necesidades primarias para sobrevivir. Allá arriba, las personas regresan a la expresión pura de los sentimientos; allá no cuenta la belleza física, el dinero, el nivel social, los títulos profesionales o el poder que se ostente dentro de la sociedad. Lo que vale, en cambio, es la calidad de compañerismo, la calidez de actitudes, la disposición de ayuda y el poder compartir todo lo anterior.

Para Karla esta fue una experiencia de muchísimo aprendizaje, como bien lo expresa ella en su libro El Tercer Polo y en las conferencias que imparte. La principal, es que la montaña ubica al hombre en su verdadera medida: tan débil como su naturaleza humana y tan grande como puedan ser sus sueños y esfuerzos.

Cuenta que alguna vez alguien le dijo que cuando se dice Quiero, pero..., en realidad sólo hay un pero, en realidad no se quiere nada.

Para ella, las montañas más grandes son las de la mente. El creer realmente que algo se puede lograr, el superar obstáculos, el ver la cumbre como una oportunidad de conquistarse a sí misma y a los errores como fuente inagotable de conocimiento, son las primeras montañas que hay que conquistar.

Para lograrlo, son necesarias muchas cosas:

Antes que nada, una meta:
Lo difícil es poner la meta en la mente, de ahí bajarla al corazón; una vez que esto se hace, el resto del cuerpo lo sigue. Es importante el planteamiento de un objetivo, pero si éste se queda en la cabeza, se enfría. Hay que desearlo intensamente para implementarlo, es decir, ’deseo hacerlo, sí puedo hacerlo, lo estoy haciendo’.

Una estrategia:
Las dificultades imprevistas aunadas al cansancio, al sueño, a la mala alimentación, etc., conducen a decisiones imprudentes. Hay que planear cada detalle y decidir por anticipado.

Disciplina:
Errores intrascendentes te dañan de manera irreparable.

Conocer los riesgos:
El conocimiento precede a la victoria. No se puede prevenir y detectar los riesgos si no se les conoce, y menos hacerles frente. Hay que prepararse para vencerlos. La vida supone riesgos, y conforme más intensa quieras vivirla, mayores serán estos.

Motivación:
La cumbre es la motivación, pero el periodo antes de llegar desgasta la motivación inicial. Los pequeños detalles, como son una sonrisa, una palmada en la espalda, un estamos contigo, el atardecer, pueden convertirse en la fuente renovadora de motivación.

Competitividad:
La única persona a la que hay que vencer, superar, es a uno mismo. No hay más récord que romper que el propio. Cuando se tiene el control absoluto sobre uno mismo, la competencia con el mundo externo, o con un oponente real, es fácil.

Honestidad:
Ella controla nuestro ego, permite ser 100% objetivos con nosotros mismos para no defraudarnos, y a la gente que nos apoya, confía en nosotros o depende de nosotros.

Decisión:
...para dar el siguiente paso, para seguir adelante, para hacer lo que se tenía planeado. En la montaña, como en la vida, existe la tentación de dejar que alguien decida por ti.

Para Karla hay dos tipos de miedo: el que infunde respeto y el que paraliza. El miedo se debe usar a favor, se tiene que convertir en aliado, no en enemigo. El miedo nos hace humildes. El miedo al fracaso es el más dañino de los temores... al final, todo se reduce al terrible hubiera.

Entre las lecciones más grandes que Karla ha aprendido en el camino a la cumbre, nos comparte que el espíritu de lucha, la perseverancia y el trabajo en equipo, son pieza fundamental para alcanzarla. La lucha y la perseverancia, porque son los últimos pasos los que marcan la diferencia, los que llevan a la verdadera grandeza. Sobre el trabajo en equipo, ha aprendido que una cosa que ella haga afecta o beneficia a los demás, que lo importante es resolver y no inculpar, y que de nada sirve una cumbre si no hay con quien compartirla.

Karla es el testimonio de alguien que ha alcanzado su propia cima, pero está consciente de que que la cumbre es sólo la mitad del camino. Cada quien tiene sus propias montañas, sus propios Everest. Y todo aquel que emprende el camino de la montaña, el camino de la vida, sabe bien que el camino siempre continúa.

Una cumbre en sí no engrandece por sí sola. La persona que hace cumbre tiene que tener ciertos valores consigo antes de subir. La experiencia de montaña no va a dárselos. Cuando descendemos de una cumbre no tenemos ni más oro ni más inteligencia. Escalar es como la vida. Primero adquirimos experiencia. De la experiencia adquirimos conocimiento. De la experiencia y el conocimiento adquirimos sabiduría. Y de la experiencia y conocimiento y sabiduría adquirimos con un poco de suerte, madurez.

En palabras de su esposo, su entrenador y compañero, La montaña es un medio, el hombre es el fin. La meta es fortalecer el carácter y no pisar la cumbre, porque una montaña jamás se conquista, tan sólo se sobrevive.











 
 
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