Mamitis aguda
Iliano Píccolo

Más de un matrimonio que empezó con muchas ganas de ser feliz, terminó absurdamente -y otros están a punto de fracasar- debido a la exagerada dependencia del marido para con su mamá.

Esta extraña relación se conoce con el nombre de "mamitis", y por ella se entiende que el hijo, a pesar de que ya está casado, aún no corta del todo con su cordón umbilical. Cierto es que la "mamitis" también puede darse en la hija casada para con su mamá o con su papá y del hijo para con su papá pero al parecer, la que más daño hace es la que permite al hijo casado hacer más caso a la mamá que a la propia esposa y a los hijos.

Desde luego hay casos graves, pero hay "mamitis" en todos los grados, desde las catastróficas hasta las que -vistas desde fuera- provocan algo de risa y parecen divertidas pero que en realidad son dolorosas para quien las vive.

Hay madres que a sus cuarenta y muchos años no acaban de entender que los hijos no les pertenecen, porque ninguna persona puede ser poseída, como se puede poseer un objeto o... un perrito. La madre transmite el don de la vida a los hijos, los educa, los ayuda a crecer y a madurar, y después, los debe dejar construir su futuro en independencia y libertad.

Me parece que es un error pensar en una "pérdida" del hijo que se casa. Es evidente que, como consecuencia del matrimonio, habrá cambios en la familia: el hijo se irá de la casa, estará con su esposa y, más adelante, con sus hijos, pero no deja de ser hijo, simplemente está cumpliendo con su destino que, en éste caso, es formar una nueva familia.

¿Cuál puede ser, entonces, la actitud correcta de los padres ante la elección matrimonial de los hijos? Ahora más que nunca, deben saber demostrar el amor que declaran tenerles. Pero ahí está el problema.

La madre de el esposo y padre de familia, puede decir que quiere a su hijo a su lado porque lo ama mucho, ¿Será? La esposa no logra entenderlo, y con razón, porque si de amor se trata, ella también ama a su esposo, y los hijos no se diga.

Por otra parte, el marido enfermo de "mamitis" justifica su comportamiento argumentando también el amor a su madre y además el deber de hijo. ¡Todo un enredo de amor, por lo visto!

En realidad, el enredo puede verse provocado por cada uno de los interesados al perder de vista el auténtico sentido de amor materno, filial y matrimonial. Veamos cómo. Amar es buscar el bien y la felicidad de la persona amada, es entregarse a ella para que se realice y se desarrolle como persona, es sacrificarse por ella, es renunciar a veces a uno mismo, a los propios gustos, caprichos, intereses y ¿por qué no? a los propios sentimientos. Ahora vamos a analizar el supuesto amor de cada uno de ellos:

- La madre. Su amor no busca el bien del hijo, sino la satisfacción de un cariño personal y el deseo de posesión. Si amara a su hijo, lo dejaría libre de realizar su proyecto familiar, le ayudaría a ser un buen esposo y un buen padre. Le aconsejaría vivir unido a su esposa como el ser más importante en su vida.

Aunque muchas mamás no quieran aceptarlo, el cónyuge -esposo o esposa-, desde el momento del matrimonio, es lo primero en la vida del hijo. Paradójicamente, esas madres quieren ser buenas, pero no dejan a su hijo ser buen padre (y buen esposo). ¿Y qué decir de esos padres que ponen a sus hijos en contra del respectivo cónyuge, criticándolo, despreciándolo y buscando perjudicarlo en todo?

- El hijo. Su amor también se ve distorsionado por una debilidad evidente hacia la voluntad de la madre, por una satisfacción sentimental e inmadura del propio afecto filial y por una clara irresponsabilidad como esposo y padre. Si realmente amara a su madre, trataría de ser mejor hijo, trataría de actuar como hombre maduro y responsable hacia los deberes que se derivan de su elección de vida.

Quien ve este fenómeno desde fuera, se sonríe, tal vez, con un poco de rabia y algo de compasión. Probablemente ni los padres posesivos, ni los hijos enfermos de "papitis y mamitis" estén conscientes de su error, sin embargo, ante los efectos que destruyen, se precisa una reflexión y un cambio de actitudes que pueden ser un medio óptimo para prevenir males mayores.

Creo que, si es verdad que existe una crisis en la institución familiar, la forma más correcta para superarla o vencerla, no es la tolerancia o el fomento de esa "enfermedad", sino el esfuerzo, aunque resulte doloroso, por educar en la sana libertad y madurez a los propios hijos.



 
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