¿Por qué está dormido?
Carlos Alberto Gutiérrez LC

 

Es duro hablar de la muerte. ¡Más todavía explicar su significado cuando un hijo está delante del cuerpo de su propio padre!

 

            Hace más de quince años mi abuelo paterno murió de cáncer en los pulmones. Mi papá nos dijo que el cigarro le había afectado mucho. Yo tenía entonces trece años y era la primera vez que iba a un funeral y que veía a un muerto.

 

La impresión que me causaba no me permitía hablar ni pensar. Sólo registraba en mi memoria todo lo que veía: el féretro, con mi abuelo dentro vestido elegantemente con un traje sastre y cubierto por un cristal; coronas de flores decorando la capilla de la funeraria en donde lo velaban.

 

Recuerdo que estaban muchos de mis primos y tíos. Mi abuela, de carácter habitualmente alegre y risueño, se encontraba en la banca de enfrente, sentada, llorando con un rosario negro en una mano y un pañuelo de papel en la otra.

 

            Mi papá tomó a mi hermano de seis años en brazos y lo llevó para que viera a mi abuelo. Mi madre lo trató de detener: “Esta muy chiquito”. Él respondió: “Va a entender, no te preocupes”.

 

            Al llegar al féretro, mi hermanito preguntó: “Papá, ¿es mi abuelito?”. Mi papá le respondió: “Sí, es tu abuelito”. El niño, después de unos segundos de estar observando a mi abuelo, dijo: “¿Y por qué está dormido?”.

 

Al instante se hizo un silencio en la capilla, sólo se escuchaba el llanto de unas tías. Mi papá, sin embargo, se armó de valor y le explicó: “No está dormido. Tu abuelito se murió y ahora está con Diosito en el cielo y desde allá nos está viendo”.

 

            Mi hermano se quedó pensativo y muy serio. No lloraba, pues, al parecer, la explicación le había parecido suficiente y clara. Creo que todos en la capilla lo entendieron: Dios está al final de nuestra vida.

 

Ahora que estamos a punto de celebrar el día de muertos, no está de más recordar que sólo Dios puede llenarnos de tranquilidad y paz en medio de cualquier dolor y sufrimiento. Cuando muere un ser querido, es obvio que nos causa pena. Sin embargo, el saber que se encuentra al lado de Dios, descansando feliz y eternamente nos llena de paz y de esperanza.

 




 
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