El valor de cada hijo
P. Fernando Pascual, L.C.

Hay dos modos opuestos de ver a un hijo. El primero consiste en verlo como una posesión, como un resultado, como "algo" que satisface los deseos de sus padres. El segundo consiste en verlo como un don maravilloso que pide cuidado, cariño, ayuda, amor.

 

En el primer modo, el hijo nace sólo si los padres lo "programan". A veces los esposos deciden esperar años y años para determinar cuándo y cuántos hijos desean tener. Si "por error" inicia un embarazo fuera del programa, muchos recurren al aborto: ese hijo que iniciaba a vivir no encajaba en el plan de sus padres, y por eso su vida no "valía nada".

 

Cuando esos padres deciden tener al hijo, lo acogen en tanto en cuanto llega cuándo quieren y cómo quieren. El cómo, sin embargo, a veces produce sorpresas. El diagnóstico prenatal descubre defectos o un sexo no previsto. En esos casos, el aborto nuevamente se convierte en una triste opción de muchos padres. Otras veces nace el hijo, y al descubrir en él aspectos no deseados, disminuye la estima de sus padres, o se produce un extraño sentimiento de fracaso, como si el hijo valiese sólo si superase un test de cualidades, como si su vida sirviese para satisfacer los deseos de los mayores.

 

El otro modo de ver al hijo es radicalmente distinto y profundamente bueno. El hijo no es una posesión, ni un resultado previsto, ni un objeto que se acepta o se rechaza según sus propiedades. En esta perspectiva el hijo vale por sí mismo, sin condiciones, sin límites.

 

La noticia del embarazo, inicie cuando inicie, llena de alegría a los esposos, que se saben bendecidos por un Dios que les encomienda el cuidado de una nueva vida. Estos padres han descubierto que el hijo es mucho más que una posesión: es una persona, es un tesoro, es una vida que empieza en el tiempo y que está llamada a lo eterno. Es, ciertamente, hijo de los propios padres. Pero también es hijo de Dios.

 

Ese niño nace, por lo tanto, en un hogar que lo acoge porque lo ama. Vivirá por un tiempo, poco o mucho, lo que Dios disponga. Un día partirá a formar otro hogar, o será llamado por Dios a su abrazo eterno, o sentirá la vocación más hermosa que puede haber en un hogar cristiano: la de ser sacerdote, ser consagrado o consagrada en la vida religiosa.

 

Duele, desde luego, ver que los hijos salen del hogar. Pero el hijo tiene ese don de una libertad con la que, como sus padres, puede amar. Además, como cada ser humano, el hijo está en las manos de Dios, y nadie puede garantizar que gozará siempre bien de salud, ni que vivirá indefinidamente. Lo que Dios disponga será siempre lo mejor. Los padres lo saben, y por eso se sienten ministros muy valiosos en la transmisión del regalo de la vida, en la tarea de educar a cada hijo para mostrarle el camino del bien, del amor y la justicia. Para mostrarle, sobre todo, que hay un Dios Padre que nos ama y que nos espera para un abrazo eterno en el cielo.

 

Existen dos modos muy distintos de valorar a los hijos. Dos modos antitéticos que muestran el misterio profundo de la libertad de cada ser humano: una libertad que es hermosa si vive para amar, una libertad que es triste si vive sólo según el egoísmo, también a la hora de acoger o no a un hijo.

 

Ser padre, ser madre, será siempre hermoso si se vive con un cariño sin límites, sin condiciones, abierto a cualquier hijo que empiece a existir. Cada vida es un regalo maravilloso que viene de Dios, un Dios que es Amor sin condiciones. Por eso, porque Él ama primero, pide también a los padres que amen a cada uno de los hijos, que son el don más hermoso que Dios ofrece a los humanos.




 
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