El que no vive como piensa, termina pensando como vive
Jader Vanegas

Fuente: equipogama@arcol.org

Ayer platicaba por teléfono con un viejo amigo. Él no comparte mis creencias y principios de vida, lo cual no impide que nos estimemos sinceramente. Conversamos sobre su familia, sus proyectos en la universidad, y como de costumbre no faltó el tema de la fe y la ciencia. Cuando le escuchaba y consideraba cada uno de sus argumentos, por una parte, me daba gusto escucharle, pues descubría en él un hombre que indaga la verdad, que está ansioso; pero por otra parte me afligía el constatar las raíces de su pensamiento, de su rechazo de Dios, de la fe.

Hoy recordé una de sus posturas materialistas. Mientras me recreaba con una hermosa melodía, el Ave María, interpretada con un instrumento poco común, el salterio, sonreía y me decía: ¡y después afirman nuestra igualdad con los monos! Tráiganme un chimpancé que haga vibrar estas cuerdas con la misma armonía o que esculpa una obra majestuosa como La Pietà de Miguel Ángel, ¡entonces sí hablaremos de dichas igualdades! Algunos científicos elucubran que sólo nos diferenciamos de ellos en el lenguaje. Y si así fuera, si todo se redujera, - ¡esa inmensa diferencia! - , a la manifestación del lenguaje ¿de dónde procede toda esta creatividad y riqueza lingüística? Con unas cuantas hipótesis eliminan el espíritu racional y reciclan de su colador un cúmulo de neuronas. Menos mal otros sí reconocen los contrastes evidentes, más cualitativos que cuantitativos, entre los hombres y los chimpancés; trascienden más allá de un código genético y de un amasijo de células, en lo cual, sin duda, sí encontraríamos bastante semejanza. Durante el día me quedé meditando sobre éste tema y sobre otros que toqué de paso con mi amigo. Consideré los libros y autores que me citaba, y resonó en mi memoria lo que una vez le escribí: “el que no vive como piensa, termina pensando como vive”. 

Explico la anterior frase con otro hecho. Hace poco un apologista cristiano me compartió sus experiencias en un círculo de discusión con ateos. Me refería que con frecuencia le solicitaban para este tipo de debates. Allí abordaban los típicos temas, los mismos que mi amigo me planteaba: “la existencia de Dios”, “si Dios es bueno porque permite el mal”, “la vida después de la muerte”, “la fe ¿un lavado de cerebro?”, “el ecologismo y el New Age”, “la ciencia y la fe”, etc. Él respondía a todos sus interrogantes, no sólo con argumentos de fe, sino en el terreno científico, con datos actuales, con silogismos racionales. Sin embargo, al final de cada debate, extraía la misma conclusión: el problema de estas personas no se cifra en la búsqueda de racionamientos, de pruebas tangibles y científicas. El núcleo del problema es existencial, estriba en la coherencia y autenticidad de vida. “El que no vive como piensa, termina pensando como vive”.

Tristemente varios de estos hombres, y de los que piensan como ellos, están esclavizados por sus pasiones de orgullo y de sensualidad; o están encadenados por el sexo o la lujuria, o hipnotizados por el libertinaje, o seducidos por la avaricia, el dinero y el poder. Han sepultado con sus argumentos, con sus toneladas de páginas y escritos, con sus críticas agrias, la voz de su conciencia, la voz de la verdad. Así, por ejemplo, los que usan la ciencia para defender el aborto, ¡cuánto dinero no hay detrás!, empresas farmacéuticas despiertan su avaricia; o los que resuelven la vida después de la muerte en el vacío y la nada, en estos casos ¿no tendrían que indagar antes en sus propias vidas, qué tan esclavizados los tiene el sexo, vacío de su contenido de amor como donación, y las pasiones desenfrenadas? Y así por el estilo, los ejemplos se multiplicarían sobre diversos sectores de la ética.

Por lo tanto, el problema para estos hombres no gravita en el atinar con argumentos tangibles y materiales, sino en vivir la vida con coherencia, en ser lo que se tiene que ser. Y cuando en las primeras etapas de la juventud, o cuando la conciencia hace sus primeras llamadas de atención,  no se vive como se piensa, como reclama la conciencia, se termina pensando como se vive, víctimas del orgullo y del sexo hueco, sin amor generoso. Arrastrados a su calabozo, se buscarán todo tipo de lecturas, de libros, de “hallazgos científicos”, de números y estadísticas, para ocultar dicha esclavitud y aparentar ser libres. Se refugiarán en las ideas que mejor justifiquen sus conductas, que mejor anestesien sus conciencias. “El que no vive como piensa, termina pensando como vive”.

Con muchas de estas personas nos podríamos pasar horas y horas discutiendo, o en un juego de pesas para galardonar al que exhiba mayor músculo intelectual. Pero de lo que adolecen, no es de la carencia de nuevas ideas, de nuevas pruebas religiosas o científicas, de nuevos estímulos emocionales, de alguien que les pruebe la fe, aunque a decir verdad la fe que convence no es tanto la que se prueba, sino la que se vive. Lo que necesitan es encontrarse con una Persona, hacer la experiencia de su amor y dejarse seducir. Esa ha sido la experiencia y el inicio de la conversión de millares de personas a lo largo de la historia: grandes y acérrimos ateos, perseguidores de la religión, científicos que ponían sus conocimientos al servicio de su avaricia, asesinos, prostitutas, lujuriosos, multitud de gente apagada y rutinaria, cansada de la vida. Todos ellos y muchos más han dejado penetrar en su mente y en su corazón, no una idea o un sistema, no una filosofía o teoría científica, sino una Persona, una Persona que les ama y que ha dado la vida por ellos. Pero sobre todo, ellos se han dejado amar, y han gustado la dicha del verdadero amor, de la auténtica felicidad que satisface todos los anhelos. Ellos han terminado por amar, es decir, por vivir como piensan, porque su pensamiento brota del amor, de una Persona que es amor.

 

 




 
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